Pero son, ahora, los personajes presentes en el diálogo los que intervienen
para que tal cosa no suceda. En primer lugar interviene Calias, el
anfitrión, para rogar a Sócrates, no abandone el lugar, aunque ello no quiere
decir que le dé la razón ya que considera un derecho de Protágoras el que
quiera expresarse como desee. Sócrates le responde que se siente incapaz de
abordar el contenido de los discursos largos. Por su parte, Alcibíades,
sale en defensa de Sócrates y le pide a Protágoras que del mismo modo que
reconoce ser inferior en el tratamiento de los discursos largos, éste reconozca
también su inferioridad a la hora de tratar los discursos cortos. Después toma
la palabra Critias que mantiene una posición intermedia y, por ello,
ruega tanto a Protágoras como a Sócrates, que no rompan el curso de la
reunión. Por su parte, Prodicos, sigue la misma línea que Critias y
ruega a ambos que no abandonen la reunión y tengan en cuenta lo mucho que todos
los presentes podrían aprender. Por su parte, Hipias, apela a la
naturaleza para pedir consenso y no a la ley por ser tirana de la naturaleza.
Pide que no se rompa el discurso y se nombre un arbitro que mantenga el tiempo
de intervención en los razonamientos. Sócrates manifiesta la dificultad para
poner en práctica tal idea ya que tal árbitro debería ser alguien que
estuviera por encima de los participantes en el diálogo y, por ello, se
pregunta: ¿quién de los presentes podría estar por encima de Protágoras?
Ante esta dificultad es el mismo Sócrates, quien propone lo siguiente: si
Protágoras no quiere responderme, que primero interrogue él y yo
responderé...y, después, interrogaré yo y él deberá responder. Todo el
mundo se muestra de acuerdo. Por todo ello, Protágoras, y, muy a su pesar, se
ve forzado a ser el primero a plantear las preguntas para ser él, más tarde,
quien tenga que responder. (Ver Texto8)